La Organización Mundial de la Salud (OMS) se encuentra en un momento clave de revisión de sus estrategias y marcos conceptuales para afrontar los retos del envejecimiento poblacional. En este contexto, María Jesús González-Espejo, fundadora del Instituto de Smart Ageing, plantea una reflexión de fondo: la necesidad de evolucionar desde el concepto de “envejecimiento activo y saludable” hacia uno más amplio e inclusivo, el de “envejecimiento inteligente”.
La reflexión, formulada en forma de carta abierta dirigida a la OMS, invita a repensar el lenguaje con el que se diseñan las políticas públicas sobre envejecimiento, al considerar que los conceptos no son neutros: influyen en la forma en que las personas mayores se perciben a sí mismas y en cómo las sociedades organizan sus respuestas ante la longevidad.
Más allá del envejecimiento activo
El concepto de envejecimiento activo, impulsado por la OMS desde principios de los años 2000, ha supuesto un avance significativo al promover la salud, la participación y la autonomía en edades avanzadas. Sin embargo, tal y como señala González-Espejo, este enfoque puede resultar limitante o incluso excluyente para una parte importante de la población mayor.
Muchas personas envejecen con enfermedades crónicas, limitaciones funcionales o circunstancias personales que no encajan en un ideal de actividad permanente. Vincular el “buen envejecer” únicamente a la actividad física o productiva puede generar frustración, culpa o invisibilidad en quienes no pueden o no desean responder a ese modelo.
El envejecimiento inteligente como nuevo marco
Frente a estas limitaciones, el envejecimiento inteligente se propone como un concepto más integrador, que reconoce la diversidad de trayectorias vitales y pone el acento en la capacidad de las personas para tomar decisiones informadas, adaptarse a los cambios y diseñar su propia forma de envejecer con sentido.
Este enfoque amplía los pilares tradicionales del envejecimiento para incorporar dimensiones clave como la vivienda, la tecnología, los aspectos legales, el ocio, la sociabilidad, la preparación para la enfermedad y el final de la vida, así como el cuidado y los apoyos necesarios en situaciones de dependencia. La inteligencia, en este contexto, no se refiere solo a lo cognitivo, sino a la capacidad de vivir con conciencia, autonomía y dignidad en cada etapa de la vida.
Implicaciones para las políticas públicas y la sociedad
Adoptar el término envejecimiento inteligente no es únicamente un cambio semántico. Supone abrir la puerta a nuevos indicadores, políticas y soluciones más ajustadas a la realidad actual de la longevidad: desde viviendas adaptadas y entornos amigables, hasta el uso ético de la tecnología, la formación a lo largo de la vida y el fortalecimiento de redes sociales e intergeneracionales.
La reflexión de María Jesús González-Espejo es, en definitiva, una invitación a construir un relato del envejecimiento más realista, humano y respetuoso con la pluralidad de experiencias, alineado con los desafíos del siglo XXI.